Chapter: El viaje

En un descanso entre curva y curva, se inclinó sobre el volante, oteando el cielo con una mueca de disgusto.
- Menuda porquería de tiempo.

Era la tarde de un día gris, con una ponzoñosa neblina que parecía situarse justo por encima de la altura del coche. Aquel color gris le amargaba el ánimo más aún de lo habitual. Lucas Álvarez era un tipo normal. Demasiado normal. Llevaba una vida normal, con un trabajo (de mierda) normal, que le obligaba a recorrer cientos de kilómetros diarios. Gracias a la crisis, había tenido que cambiar su trabajo (de mierda) en una oficina, como administrativo, por otro de viajante. Vendedor de enciclopedias. Lanzó un respingo, mientras echaba un vistazo a las muestras que llevaba en el asiento de atrás....
- ¿Quién, en su sano juicio, iba a comprar una enciclopedia en papel hoy en día?

carretera de montaña

Menos mal que todavía quedaban muchos pueblos sin conexión decente a internet, en otro caso, aquello tenía menos futuro que un helado en un horno.
- No te quejes, no te quejes... podría ser muchísimo peor...

Tamborileaba con los dedos sobre el volante, en otro descanso entre curva y curva. Pensaba un poco en todo. ¿Por qué, últimamente, había tomado la costumbre de hablar solo? Deshechó aquel pensamiento lanzando la mano hacia arriba, mientras cambiaba a una marcha más corta. El pequeño motor rugió por el esfuerzo. Su mente, mientras tanto, saltó a temas más mundanos. Lo cierto es que la cosa no estaba para tirar cohetes. Con aquel trabajo por lo menos disponía de un sueldo base y de unas minúsculas dietas, lo que le permitía ir tirando, y...
- ¿Qué pasa ahora?¿Qué coño ha sido eso?

En medio de aquel puerto sempiterno, su coche (un Opel Corsa de mierda) estaba empezando a lanzar unos tosidos quejumbrosos, mientras de repente comenzaba a notar unos tirones en el motor. Pisó instintivamente el embrague, con lo que los tirones cesaron, aunque no los tosidos. Levantó de nuevo el embrague, mientras aceleraba más de lo normal, para asistir frustrado al último estertor del utilitario, que mostraba ahora las luces del salpicadero como si acabara de girar la llave para encenderlo.

Golpeó el salpicadero con el puño, mientras gritaba.
- ¡Joder, joder, joder...!
El móvil no daba señal en aquella zona tan montañosa, ya lo había comprobado, así que las posibilidades de que le asistiera la grúa, como diría su profesor de matemáticas del instituto, tendían a cero. Salió del coche, no sin regalarle un importante portazo como reconocimiento a su labor.

- ¡Tenía que ser aquí, en medio de ninguna parte!
Tras dedicarle un par de patadas de despedida, caminó unos pasos por la gravilla del arcén. La vista, eso sí, era fantástica. Resopló, tratando de descargarse de toda la energía negativa que había acumulado, y que, ahora se daba cuenta, había terminado por estallar con la muerte (esperaba que no definitiva) de su coche (de mierda). Ahora, en cambio, sonrió al apostillar aquello. Es curioso como, un simple cambio de posición puede mostrarte la misma situación de forma totalmente distinta. De repente, pese a todo, se encontraba lleno de energía, y, libre ya de aquellas ataduras oscuras, empezó a pensar en una solución a aquel problema. Su vista se perdió hacia abajo, por donde serpenteaba la carretera que él había seguido con el coche hasta su asfixia en medio de aquel puerto.... hacia arriba... hacia arriba... un par de curvas más allá, a un par de minutos andando se vislumbraba un edificio, algún tipo de hotel con una arquitectura barroca muy detallista. Tenía que tomar una decisión, la noche se le echaría encima muy pronto.

Hotel en la lejanía

Decidió intentar arrancar el coche. Tal y como habí­a visto hacer cientos de veces, en el cine y en la realidad, abrió el capó y echó un vistazo. Lo cierto es que nada allí­ parecí­a fuera de lo normal, y tuvo que reconocer que a no ser que la averí­a hubiera consistido en un cable desconectado de una manera muy evidente, no tení­a ni idea de por dónde empezar a mirar. Recogió la palanca que mantení­a el capó abierto, y lo dejó caer, cerrándolo. Volvió al asiento del conductor, y giró la llave hasta la posición de encendido. Nada anormal. Sin embargo, al tratar de arrancar, aunque el motor de arranque chillaba como un descosido, del motor no se oí­a otra cosa que estertores, y, de una forma preocupante, como si unas piezas del mismo estuvieran sueltas. Sabí­a que no era un problema de aceite o gasolina (llevaba el mantenimiento básico a rajatabla), pero aquello pintaba mal. Muy mal. Aquel coche necesitaba un mecánico, urgentemente.
- Debo ir al hotel a buscar un teléfono, y que me manden una grúa.

Resolvió echar a andar hasta el hotel. Cerró el coche, con su valiosa colección de muestras enciclopédicas, y empezó a caminar, atravesando aquel par de curvas.
- Ahora era lo que me faltaba, que me robaran el coche estropeado con las enciclopedias y su incunable conocimiento.

No sabí­a qué habí­a sido, pero se encontraba de buen humor. Quizás era la ruptura con la monotoní­a, no lo sabí­a, el caso es que desde luego se encontraba mejor que conduciendo. Lo que sí­ era cierto es que, si ya iba a tardar en volver a casa (no contaba con llegar hasta las doce de la noche), ahora en el mejor de los casos tardarí­a lo mismo, y sin tener oportunidad de vender una sola enciclopedia.
- Paciencia.

Y así­ fue como, calmado y disfrutando del ejercicio fí­sico, se llegó hasta aquella curiosa casa.

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