Chapter: Horror

Estaba realmente angustiado. Algo definitivamente no marchaba bien, y se planteaba que tenía que hacer algo, encontrar la fuente de aquel grito. Por otra parte, se recordó que no estaba en su casa, y ni siquiera debería andar por ahí si no era para ir al baño. Inconscientemente, su corazón había empezado a latir más deprisa. Lucas trató de serenarse, y se planteó qué hacer. Podía levantarse e investigar la fuente de todo aquello. Además, era posible que Alfonso volviera a estar sonámbulo, y en el caso de que se lo encontrara, ni lo reconociese ni recordase, por la mañana, haberle visto fuera de la habitación. O, al menos, eso quería creer él.

Así que tomó aliento y se incorporó. Notaba cómo la ira se apoderaba de nuevo de él. Después de todo, se recordó, todo aquello era producto de su coche de mierda. Porque con un trabajo de mierda como el suyo, uno no podía optar a otra cosa que a una vida de mierda. Se había levantado, y le obsequió una patada a la cama que no consiguió que se sintiese mejor.
- Si es que solo me puede pasar a mí, joder, acabar en la casa de un narcoléptico-sonámbulo con... sabe Dios qué aficiones.

Captó su propio reflejo en un pequeño espejo de la habitación, colocó los brazos en jarras y suspiró largamente. Después, tomó aire despacio, y volvió a expulsarlo. Se sintió mucho mejor.
- Acabemos con esto. Si total, seguro que tan solo esta viendo porno.

Hizo una mueca. En realidad, él no lo creía posible, pero quizás, al fin y al cabo, pudiera estar de vuelta en la cama riéndose de sí mismo en unos minutos.
- Ojalá.

Se vistió lentamente, tratando de pensar qué narices pasaría si Alfonso estaba realmente viendo porno. Qué diría. Tampoco podía imaginar la alternativa, ni pensar cuál sería el plan, así que decidió ser sigiloso y retirarse discretamente cuando supiera qué era lo que estaba pasando.

Apagó la luz, y encaró la puerta. Con mucho cuidado, giró el pomo y se encontró a sí mismo en el rellano del pasillo. La lluvia había cesado, y un ligero resplandor, proveniente de la luna, entraba por la ventana, reflejando el marco en el suelo. Gracias a aquella luna, podía ver en el interior de la casa, sin tener que encender ninguna luz, lo cual agradeció en su interior.
- Vamos allá.

Escalera

Caminó lentamente por el pasillo hasta alcanzar las escaleras. Su habitación estaba en la primera planta, aunque no la había visto en la exploración superficial de su primera incursión en aquella mansión. Los peldaños crujieron bajo su peso al comenzar a subir las escaleras, lo cuál hizo que ralentizara aún más su ritmo, temiendo ser descubierto. Los gemidos y extraños sonidos ahogados se oían ahora con más fuerza, aunque era muy difícil discernir exactamente de qué se trataba aquello, separar cada uno de la cacofonía que se transmitía desde arriba.

Al enfilar el último tramo de escaleras, por fin, le vió. Su anfitrión estaba de nuevo con una vela en la mano, de pie, con la mirada perdida y completamente estático.
- Esto empieza a ser una costumbre.

Estaba convencido de que Alfonso volvía a tener uno de sus episodios, pero aún así trato de hablar con él.
- ¿Alfonso? He escuchado ese ruido raro, y...

No merecía la pena malgastar esfuerzos. Aquel hombre estaba catatónico perdido. O narcoléptico perdido. O lo que fuese. Terminó el último tramo de escaleras caminando ya casi con normalidad, y entró, rodeando a Alfonso, en el dormitorio principal.

Y lo que vió le dejó petrificado.
- ¡Virgen Santísima!

En un rápido movimiento reflejo, se dió la vuelta, para comprobar que aquel perturbado seguía en el mismo lugar, un poco por delante de la entrada del dormitorio. El corazón le golpeaba en las sienes, y empezó a sentir un sudor frío que le envolvió el cuerpo. Repentinamente mareado, se sentó sobre la cama deshecha como pudo, y sujetando su cabeza entre las manos, trató de calmarse... como tantas otras veces desde que aquel maldito coche le había dejado tirado en la carretera.
- Si es que esto sólo me puede pasar a mí. ¡A mi!

Sin quererlo, había pronunciado aquellas últimas palabras con un volumen considerable, lo que hizo de nuevo temer el haber despertado a aquel psicópata, aquel que en un principio le había parecido un bohemio con extraños problemas de sueño cuya vida había llegado a envidiar.

Afortunadamente, todo seguía igual.
- ¿Pero qué hago ahora?

Lentamente, volvió a dirigir su mirada hacia la pantalla del televisor. Se trataba de aquel mueble que tenía también una bandeja inferior para un antediluviano reproductor VHS. En el aparato, una pequeña pantalla LCD muy anticuada mostraba una flecha verde que apuntaba a la derecha, mientras por encima unos dígitos indicaban el tiempo de reproducción. Estaba reproduciendo una de aquellas cintas que había visto desordenadas, sin funda, por encima del vídeo. Ahora estaba seguro de que las había grabado él.
- Para recrearse en sus momentos de ocio.

Su mirada vagó de nuevo por la pantalla, y tuvo que retirarla de inmediato. Lo que allí pasaba era innombrable, inconcebible. En el centro de la pantalla se veía a una chica, desnuda, atada contra una pared. Resultaba obvio que estaba allí en contra de su voluntad, y todos aquellos sonidos, gemidos incluídos, no eran precisamente de placer, como había pensado en un principio. Perdido en su horror, y medio hipnotizado, siguió contemplando cómo se desarrollaba la acción, para comprobar que en ciertas ocasiones, el propio Alfonso aparecía en el encuadre de la cámara.
- Definitivamente, esto no es porno fuerte.

Asqueado, apartó la vista de aquello. Inconscientemente, se había incorporado ya, y visto que Alfonso no suponía ningún peligro en su estado, decidió comprobar si aquella chica estaba todavía en la casa o no. Quizás aquella era una grabación antigua, y... bueno, quién sabe qué le habría pasado.
- El sitio ese parece un sótano...

Volvió a rodear a Alfonso, y bajó cuidadosamente las escaleras con la mirada clavada en él, mirando por encima del hombro, vigilándole. Esta vez, no tenía ninguna intención de despertarle.

Al llegar a la planta baja, comenzó a rebuscar, intentando encontrar una puerta, quizás oculta, que le permitiese llegar más abajo, a un sótano que él suponía que estaba bajo sus pies, en alguna parte. Recorrió frenéticamente la planta baja, intentando encontrar un acceso. La mente de Lucas cambiaba ansiosamente de una previsión a otra, cada una menos halagüeña que la otra: en su mente aparecía tan solo claro que tenía que encontrar a aquella mujer y sacarla de allí.

Se paró delante de la puerta de entrada, y puso los brazos en jarras. Quizás, sólo había acceso a aquella mazmorra desde el exterior, no desde el interior de la casa. Las llaves estaban en una bandejita encima de un pequeño zapatero en el recibidor. Las cogió (y las guardó en su bolsillo, en previsión de lo que pudiera ocurrir), y salió de la casa.

Casa
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