Chapter: Descenso al infierno

No parecía haber una elección clara.

Pero, en cualquier caso, sabía lo que no iba a hacer.

No iba a convertirse en una víctima.

Esconderse, huir... eran opciones que le situarían a la expectativa, en una posición débil, con solo una perspectiva de final feliz, y muchas... demasiadas, inciertas.

Escalera

Lentamente, desanduvo el camino hasta el piso de abajo, bajando por la escalera. La penumbra en la que se encontraba la casa no le hacía ningún favor, ni le ayudaba a sentirse más seguro. Se acercó al interruptor de la luz, lentamente, tratando de percibir el más leve roce, el sonido más nimio. Pulsó el interruptor, y no ocurrió nada.
- De acuerdo, Alfonso, aquí estamos tú y yo.

Su huésped había cortado la luz, lo que significaba dos cosas a la vez: no estaba dormido (o cataléptico, o lo que fuera), y contaba con la oscuridad para atraparle, tomándole por sorpresa.
- En fin, adiós a la salida fácil. Un clásico en la historia de mi vida.

Aunque la penumbra invadía todo el piso inferior, la luz de la luna que se filtraba por el ventanal de la escalera permitía deducir las formas. Se desplazó de la parte del hall inmediata a la entrada, y al pie de la escalera, hacia el centro, procurando no hacer ningún ruido: pisando cuidadosamente sobre el suelo de madera. Cada vez que surgía un crujido bajo sus pies, su corazón perdía un latido, su cuerpo de congelaba en el acto, buscando ansiosamente una forma humana. Tras unos minutos que a él le parecieron horas, llegó hasta la cocina, colándose en su interior.
- Cálmate.

Lucas entró en la cocina, y cerró la puerta tras de sí, para asegurarse de que no le sorprendiera. Tras echar una buena ojeada a su alrededor, se aseguró de que Alfonso no estuviera allí escondido, y entonces se dedicó a buscar algo que pudiera utilizar como arma. Recordando algún clásico, concentró su atención en un soporte para cuchillos. Su primer impulso fue tomar el más grande, que desenvainó e hizo brillar en la oscuridad, reflejando la luz de la luna que entraba por la ventana.
- No sé yo.

El cuchillo era contundente, sí, pero demasiado grande como para ir por ahí con él. Y menos todavía ocultarlo entre sus ropas, como planeaba hacer. No iba a darle ninguna ventaja a su anfitrión. Escogió un cuchillo mediano y lo encajó a su espalda, asegurándolo con la cintura del pantalón y ocultándolo con los pliegues de la camisa.
- Vamos allá.

Se sentía seguro allí, mientras en realidad no tenía ni idea de lo que le esperaba fuera.

Abrió la puerta lentamente, y se internó en la penumbra. Valoró la posibilidad de cerrarla, pero no le parecía apetecible en absoluto perder visión.
- ¿Dónde estás?

La planta baja la tenía controlada: a su izquierda se situaba su habitación, tras de sí la cocina, y enfrente la biblioteca (a su espalda también arrancaba la escalera, pero eso ya sería harina de otro costal). Se acercó a la biblioteca, la única habitación ahora que tenía la puerta cerrada. En silencio, de nuevo tanteando antes de dar cada paso, se plantó delante de la puerta. Muy despacio, hizo girar la manilla, en un movimiento que se le hizo eterno. Empujó la puerta cuidadosamente, que cedió con un chirrido que resonó en sus oídos como un riff de un guitarrista de un grupo de heavy metal. Esperó, mirando hacia el suelo, concentrándose en los sonidos que le llegaban. La casa era vieja, desde luego, y gemía rítmicamente, bien fuera por ocasionales golpes de viento, como por su veterana estructura.

No oyó nada. Empujó lentamente la puerta, hasta abrirla de par en par. Pronto el brillo plateado de la luna inundó también la estancia, con sus altas estanterías atestadas de libros como gigantes que se perdían en las sombras de las alturas.
- ¿Dónde se ha metido este hombre?¿Será él el que se haya escondido?

Recorrió la estancia para asegurarse de que su objetivo no se había ocultado tras el escritorio, o en alguno de los recovecos que dejaban las estanterías.

Abandonó la biblioteca y la dejó, como las otras, con la puerta abierta. Se dirigió a la escalera, y se plantó delante de ella, mirando hacia arriba. Parecía que después de todo tendría que registrar aquella planta, y entonces quizás sí sería una buena idea centrarse en huir con pruebas, en lugar de buscar a aquel depravado.
- Dijo que me llevaría en coche al pueblo. Debería encontrar ese coche y...

Terminó precipitadamente su diálogo interior, cuando oyó un golpe ahogado en la pared trasera de la casa, que le hizo exclamar, para su propia sorpresa...
- ¡Está intentando huir!

Todo quedó claro en su cabeza. Incapaz de sorprenderle, era el mismo Alfonso el que se había descolgado por alguna de las ventanas de la planta de arriba. Aquello le llenó de confianza. Todas sus dudas sobre verse sorprendido o no, se disiparon, dejándole sólo con ganas de capturarle.
- ¡A por él!

Salió rápidamente por la puerta principal, y rodeó la casa, intentando localizar el lugar en el que había oído el golpe que él suponía, había provocado Alfonso en su esfuerzo por descolgarse por la ventana. Sus pesquisas le llevaron a una especie de empinado callejón. La casa, efectivamente, no parecía tan grande en la distancia como por dentro, y fue allí donde descubrió por qué: el pasaje era minúsculo, y a no ser que se fuera muy atento, resultaba sencillo pasárselo. Especialmente como cuando él había tratado de encontrar la mazmorra: se había centrado muchísimo en el exterior que rodeaba la casa, y muy poco en la casa misma. Aquel callejón le permitía acortar muchísimo la distancia necesaria para llegar a la parte trasera de la casa.
- ¿Estará ahí dentro la mazmorra?

Callejón

Descartó la idea al pasar por delante de una señal que apuntaba a la carretera: fuera lo que fuera aquel edificio, estaba pensado para...
- ¡Carruajes!

Así que era allí donde su amable anfitrión guardaba el coche, en el que le llevaría al pueblo al día siguiente. Esto le permitiría llegar a la comisaría más cercana.

Continuó bajando por allí, hasta alcanzar la trasera de aquella casona.

Allí no había nadie.
- ¡Mierda!¿Dónde está?

Se las había prometido muy felices, pero la cosa se complicaba por momentos. Empezó a pensar que le había tomado el pelo, que quizás su interés era atraerle hacia fuera, para lograr algo dentro de la casa.
- ¿Llegar hasta donde tiene escondida un arma, por ejemplo?

Trataba de tranquilizarse cuando escuchó un sonido lejano. Se trataba de un sonido como de gravilla, que le costó trabajo reconocer.
- ¡Un resbalón!

Se asomó al valle dominado por la casa, y entre la penumbra, pudo observar una figura que descendía a base de pequeños saltos.

Lucas no se lo pensó.

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