Chapter: Mi musa

Lucas arqueó todo lo que pudo la espalda, llevando su cabeza hacia atrás al mismo tiempo. Pudo ver que estaba atado mediante una cuerda, a la misma argolla a la que estaba atada la mujer, también mediante otra cuerda que, como a él, le aprisionaba fuertemente ambas muñecas. Los cuerpos de ambos reposaban boca arriba en el suelo, con los brazos estirados hacia atrás. Trató de tironear de la cuerda, en un vano intento de deshacer el nudo.

El viajante sentía muchísima curiosidad por la situación de aquella mujer, y en verdad tampoco es que tuviera mucho más que poder hacer en aquel momento. Seguía inconsciente o dormida, con la cabeza caída contra uno de sus hombros, el pelo moreno colgando en suaves bucles. Parecía como si acabara de ir a la peluquería, tan perfecto era su aspecto. Y no sólo su pelo, estaba también maquillada, y estirándose contempló las uñas, inmaculadamente pintadas. Al contrario que en el vídeo que había visto, llevaba un vestido oscuro, que se ceñía perfectamente a su figura. Continuó bajando la mirada por su cuerpo, y apreció que desde donde el vestido terminaba hasta los zapatos de tacón, llevaba unas medias muy elegantes.
- Vaya...

Al margen de todo lo que pudiera pasar allí dentro, lo cierto es que la mujer no se veía desnutrida. Todo lo contrario, estaba exuberante, preciosa.
- Por lo menos sí se puede reconocer que Alfonso tiene buen gusto.

Había subido de nuevo la mirada hacia su cara, donde esta vez, para su sorpresa, ella tenía los ojos abiertos, lo que hizo que no pudiera ahogar un grito.
- ¡Ah!

La mujer enarcó una ceja, y continuó mirándole fijamente. Sus ojos eran grises, y no pudo evitar sumergirse en aquella mirada. Al poco, ella perdió la paciencia, y le propinó una patada en la espinilla.
- ¡Ayyy!
- ¡Espabila, príncipe encantado!
- ¿Qu-qué?

Ella le miró con desprecio, mientras le propinaba una nueva patada.
- ¡Auuu!
- ¡Podía estar fuera de aquí, y ahora resulta que tengo que compartir cuarto contigo!
- Por el amor de Dios, ¿quieres calmarte?

La mujer siguió propinándole patadas, en rápida secuencia, mientras seguía quejándose sobre él y su rescate. Poco a poco, las patadas, fueron espaciándose y perdiendo intensidad, mientras ella empezaba primero a gimotear, entrecortando sus palabras, para al fin llorar abiertamente.

Entre lloros e hipidos desconsolados, se dirigió a él, patéticamente.
- ¡Llevo aquí desde dos mil ocho! ¡Dos-mil-ocho!

Ella se calmó por fin, mientras el viajante, apesadumbrado, desviaba la mirada. Tras unos instantes, movió la cabeza, lentamente, de parte a parte.
- Sí, tienes razón. La cagué. Tenía que haberme ido y avisar de lo que estaba pasando.
Una familiar sensación le invadió, y pegando zapatazos contra el suelo, comenzó con su letanía.
- ¡Joder, joder, joder!

Ella suspiró largamente, primero con una breve mirada cargada de decepción hacia él, y dejando reposar su cabeza contra las ataduras y la argolla después, mientras cerraba los ojos. Volvió a abrirlos, aunque sin dejar de mirar al techo.
- Lo siento, me he dejado llevar. Tú no tienes la culpa. Es que... es que llevo tanto tiempo aquí encerrada. Tú no sabes lo que es esto. Tú no sabes...

Silvia volvió a cerrar los ojos, esta vez con fuerza, como si estuviera sintiendo un repentino dolor físico en aquel momento. Lucas creía saber que no se trataba de eso.

Abrió por fin los ojos, y mirándole de soslayo, terminó al fin aquella frase que permanecía pesadamente en el aire, entre ambos.
- Tú no sabes lo que me hace.

Lucas sintió una punzada en su interior. Quizás se sentía culpable, quizás simplemente le incomodaba hablar de aquello.
- Sí que lo sé. Vi de casualidad parte de uno de los vídeos...

El viajante hizo un gesto de rechazo con la cabeza.
- Es terrible. Lo siento.

Silvia no respondió. El viajante, por su parte, no sabía qué más añadir, ni siquiera se le ocurría otro tema al que cambiar. Cualquier trivialidad parecía grotesca en aquella situación. En aquel lugar.
- Me llamo Lucas.

Ella tragó saliva.
- Yo Silvia.

Y otra vez, un manto de incomodidad les envolvió a ambos. Tras unos incómodos momentos, fue ella quien finalmente rompió el silencio.
- ¿Qué está pasando por el mundo? Llevo aquí encerrada desde hace tanto tiempo...

Una tímida sonrisa se había abierto paso en su sombrío rostro, cosa que Lucas agradeció y valoró enormemente en aquella mujer que demostraba tanto valor.

Pensó brevemente en cómo hacer un resumen de todo lo que había pasado desde 2008. En seguida se le vino algo a la mente.
- Aún continúa la crisis.

En el mismo momento de pronunciar aquellas palabras se arrepintió de haberlo hecho. Se sentía rematadamente imbécil. Lo único que se le había ocurrido como tema de conversación había sido la crisis, como si aquella pobre mujer fuera a tener el más mínimo interés en aquello. Giró lentamente la cabeza hacia ella, esperando verla enfadada, o, peor aún, apreciar un gesto de desdén, o incluso de lástima en su rostro. Sin embargo, lo único que encontró fue confusión.
- ¿Todavía? Vaya... ¡Pues sí que estamos listos!

- Sí, es verdad... ¡Eso es lo que dice mucha gente!
Lucas no se podía creer lo que acababa de decir.
- Sigue así, hombre, que te estás cubriendo de gloria.

Sin embargo, Silvia no parecía encontrar banal aquel comentario. Su boca esbozaba ahora una sonrisa, casi de oreja a oreja. Parecía estar disfrutando de la conversación, lo cuál alivió y agradó a Lucas por partes iguales. Un agradable calorcillo subía desde la boca de su estómago hasta algún lugar de su pecho... y se encontró con que... ¡él también estaba sonriendo!

- Pero qué...
Como si de repente la realidad se hubiera materializado a su alrededor, como si las ataduras le apretaran las muñecas por primera vez, como si el olor a humedad de aquel sitio hubiera inundado su olfato de improviso, fue cruelmente consciente de dónde se encontraba, y cuál era su situación. Fue como un mazazo que le hubieran asestado en mitad de la frente. Aquello no tenía sentido. Su mirada cambió, su faz se tornó solemne, y miró fijamente a Silvia.
- Tenemos que salir de aquí.

Parecía que algo similar le había pasado a ella. Asintió levemente, y concentró todos sus sentidos en su interlocutor.
- Te escucho.

Lucas se inclinó sobre ella, como haciéndole una gran confidencia.
- Tengo un cuchillo en la cintura, en la espalda. Alfonso no lo vió cuando me ató aquí.

Silvia reprimió un pequeño grito, esperanzada. Abrió mucho los ojos, y bajó su mirada hacia su cintura, como si el cuchillo fuera a asomar mágicamente por alguna parte, preparado para cortar sus ataduras.

El hombre trató de volver a captar su atención.
- Escucha, Silvia, yo puedo darme la vuelta, y tú, con los pies, podrías sacar el cuchillo de debajo de mi camisa y...

La mujer no se hizo esperar. Ni siquiera había terminado Lucas de explicar su plan, y ella ya se estaba quitando los zapatos de tacón, a base de patadas. Seguro de que ella había comprendido sus intenciones, Lucas se volvió, dejando su espalda accesible.

Notó como los pies de ella le daban pequeños golpes en la espalda, primero tratando de levantarle la camisa, cosa que consiguió casi enseguida, y después tratando de tomar el mango del cuchillo entre los dedos de ambos pies a la vez. Hasta que Lucas dejó de notar nada, cosa que le hizo suponer, correctamente, que el cuchillo estaba ya en su poder.

Se volvió entonces, y vió cómo Silvia, plegándose sobre sí misma, se llevaba el cuchillo de los pies a las manos, tratando de agarrarlo.

El viajante estaba maravillado.
- ¡Sí, ánimo!

De la flexibilidad de Silvia dependía que ellos pudieran obtener su ansiada libertad (largamente esperada en el caso de ella), y, quién sabe, quizás su propia vida. Probablemente en eso era en lo que estaba pensando la mujer mientras se esforzaba, lanzando pequeños gruñidos por el esfuerzo. Su cara, roja por el agobio, la entreveía Lucas entre sus piernas. Su vestido se bajó por el simple efecto de la gravedad, y Lucas no pudo evitar fijarse en su sexo depilado, que asomaba entre los pliegues de la breve tela. Si bien el hombre se encontró a si mismo turbado por la escena, no pudo evitar continuar fijando su mirada en aquella estampa, hasta que finalmente su decoro prevaleció y apartó la mirada.

Un grito de triunfo le sacó de su ensimismamiento forzado. Silvia agarraba ahora el mango del cuchillo con una de sus manos, con la hoja hacia abajo, y empezaba a cortar las ataduras de él, que por el ángulo y la posición que formaba el cuchillo, eran las que estaban más a mano.

Los dos pares de ojos estaban ansiosamente fijados en la cuerda, que se iba deshilachando poco a poco. Ella jadeaba ruidosamente por el esfuerzo que le suponía hacer tanta fuerza estando atada, mientras él también jadeaba sólo con la impresión que le suponía pensar en la posibilidad de poder estar libres.

Cuando la última fibra del último hilo de la cuerda cedió, Lucas no escuchó un grito de triunfo. En caso de tener que describirlo, un alarido sería mucho más adecuado. De repente, él estaba libre, y recogió el cuchillo de sus manos antes de levantarse, no pudiendo evitar lanzar una mirada de angustia hacia la puerta.

Cuando se volvió con la intención de liberar a la mujer de su encierro, la estampa que se encontró volvió a sumirle en un estado de turbación. Su atractivo le golpeó de frente en la cara, ahora adornado con un rostro sudoroso, y el pelo desordenado alrededor de su cara. La puntilla la ponía el vestido, levantado por encima de los muslos tras los esfuerzos de la chica. Notó el comienzo de una erección, haciendo más profundo su estado de turbación. Mientras tanto, no se le escapaba, de forma contrapuesta, la razón por la que Alfonso tenía allí a aquella mujer, cosa que le llenaba de sentimientos de vergüenza y culpabilidad.

La mujer le sacó de su ensimismamiento.
- ¡Eh!, ¡Eh!

Llamaba su atención tratando de hacer subir la mirada de Lucas a su cara, mientras golpeaba sus piernas.
- ¡Me toca, maldita sea!

Él sacudió su cabeza, como tratando de alejar de él todo aquello, y musitó su confirmación mientras se inclinaba sobre ella para cortar sus ataduras.
- Sí, sí.

Pronto ella se encontró de pie junto a él, bajándose el vestido para su tranquilidad y dirigiéndole una mirada hosca.
- Por un momento parecía que te lo estabas pensando.

Él sintió una punzada en su estómago, notando como su rostro se enrojecía por la vergüenza y la turbación. Volvió a sacudir la cabeza.
- No, no. Yo... no.

Ella seguía mirándole, como buscando alguna respuesta complementaria. Él se vio obligado a responder, y torpemente inventó algo sobre la marcha.
- Es que... hace tiempo que terminé una relación larga y, bueno, llevo mucho tiempo sin...

Ella pegó un respingo, entre enojada, divertida y respondió con sorna, ante un nuevo acceso de vergüenza por su parte.
- Ah, vale, Casanova, eso lo cambia todo.

Sin saber muy bien qué decir, buscó, recordando quizás aquel momento de empatía anterior, una mirada cómplice o reconfortante, cosa que no encontró. Carraspeó incómodo, y decidió cambiar de tema.
- ¿Por qué vas vestida así? Parece como si fueras a una fiesta.

Aunque ahora el efecto se había deslucido un tanto con la falta de los zapatos de tacón, y el pelo desordenado, el cuadro, en su conjunto, seguía siendo soberbio. Aunque, como una alarma interior, el solo pensamiento le hizo sacarse toda aquella conversación interior de su cabeza.

Ella, en cambio, como ajena a su vestuario, se puso a juguetear con varios de los complementos (pulseras, cadenitas...) que adornaban una de sus muñecas.
- No tengo ni idea. Sabe Dios en qué piensa ese degenerado. Sólo puedo decirte que la ropa cambia después de cada... sesión... No sé ni de dónde la saca ni cómo la elige, porque... lo cierto es que es todo precioso, y de calidad.

Se hizo entonces un silencio incómodo entre ellos. Cada vez que comenzaban una conversación, la sombra de su anfitrión forzoso se cernía sobre ellos. Y, lo peor de todo, es que estar libres solamente era parte de la solución. Tenían que salir de allí, aunque el hecho de ser dos, de alguna manera, les proporcionaba ya una cierta tranquilidad.

Fue Lucas quien entonces adoptó una actitud resolutiva, acercándose a la puerta, y abriéndola sigilosamente. Sorprendentemente, la puerta no estaba bloqueada de ninguna forma, aunque más tarde descubriría por qué. Viendo la zona despejada, se dió la vuelta y susurró a su compañera.
- ¡Vamos!

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