Chapter: Oscuridad

Lucas no terminaba de fiarse en cuanto a que ella se ciñera al plan. Sus ojos se tornaban fríos y distantes cuando se trataba de Alfonso. Se dejó escurrir hasta el suelo, cerca de la puerta. Desde allí podría vigilar una posible llegada de su anfitrión (por llamarle algo), a la vez que contemplaba cómo la luz del atardecer brillaba mágicamente sobre las hojas de los árboles, que se agitaban moderadamente. Sin mirarla, continuó hablándole.
- Silvia, sé que lo pasaste mal, pero no puede ser que te tomes la venganza por tu mano. Si llegas al extremo, si le matas, la justicia irá a por ti, lo creas o no, y quizás tengas que volver a estar encerrada. Y no creo que sea el momento, después de todo esto.

La mujer se sentó en el suelo, frente a él, mirándole fijamente a los ojos. Después desvió la mirada, dejando que vagara por el techo del garaje hasta apoyar su cabeza en la pared, cerrando los ojos.
- Sé que tienes razón. Pero al menos le capturaremos. No puedo pensar ni por un momento que tenga la más remota posibilidad de escapar.

El viajante asintió levemente.
- Sí, puedo entender eso.

Lucas dejó vagar su mirada, y su pensamiento por el resquicio de paisaje que veía a través de la puerta entreabierta. Rememoró todo lo que había pasado desde que su coche decidió estropearse a unos cientos de metros de aquella casa, la noche que había pasado allí, el vídeo... la estancia en la caseta, Silvia... ella era lo más llamativo, claro. Aunque la había conocido en una situación muy extraña, se sentía tremendamente atraído por ella, y no podía evitarlo. Tampoco estaba seguro de querer evitarlo, pero en cualquier caso no podía controlarlo. Y eso le preocupaba. Había un montón de luces rojas avisando del peligro: se trataba de una mujer en una situación muy extraña... si como creía, Silvia se sentía a su vez atraída por él, ¿duraría esa atracción más allá de que abandonaran aquella casa? Y, además, ¿cómo sería una relación con una mujer que había pasado por aquello? ¿Sería mejor darse un tiempo, antes de que pasara nada?

Abandonó sus pensamientos sobre Silvia a la vez que su mirada había pasado de la puerta a ella. Yacía dormida, recostada contra la pared. Se alegró, así sus fuerzas se recuperarían algo. Teniendo en cuenta lo que iban a hacer, era mejor que ambos tuvieran las pilas cargadas lo mejor posible.

En el exterior, las sombras comenzaron a invadir el trozo de monte y de carretera que podía advertir por la rendija. Ni un solo coche en todo aquel tiempo. Aquel lugar estaba dejado de la mano de Dios.

Lucas se levantó, y se inclinó sobre ella. Su rostro se quedó a unos pocos centímetros del de ella, mientras la zarandeaba suavemente para despertarla. Silvia abrió los ojos, y le sonrió brevemente mientras se desperezaba. Fue entonces, cuando sin él esperarlo, le espetó un beso en los labios. Él se sorprendió ante aquel gesto. Se retiró un tanto. Abrió la boca, y la volvió a cerrar. Y entonces se besaron de nuevo, despacio, disfrutando con intensidad de cada momento. Y cuando, por algún motivo, se sintieron forzados a terminarlo, volvieron a mirarse y rieron nerviosamente. Tras unos momentos, y sintiendo estropear el momento, decidió que ya era la hora.
- Ya es de noche. Debemos ir.

Ella asintió, tomando su llave inglesa fuertemente, con ambas manos. Su respiración era entrecortada, su mirada, en cambio, decidida. Lucas abrió el camino, apartando suavemente la puerta del garaje para dirigirse hacia la casa. La noche no era tan apacible como las anteriores, y un desagradable viento le azotó la cara una vez en el exterior. Pegado a la pared de ambos edificios, llegó hasta la puerta principal de la casa. Tomó aire, y asió el picaporte. Para sorpresa de ambos, la puerta cedió con un suave gruñido. Volvió su cabeza y la miró.

Silvia volvió a asentir, tanto para indicarle a Lucas que continuara como para infundirse ánimo a sí misma. Cambiaba su arma de mano continuamente, y cuando mantenía el agarre sobre ella, sus nudillos se volvían blancos. Siguió al viajante al entrar en la casa, y entornó la puerta al llegar al zaguán. En un momento que le trajo muchos, amargos recuerdos, reconoció las escaleras que llevaban al piso superior, así como la cocina a su izquierda.

De pie en medio del zaguán, Lucas observó la ya familiar estampa de la luz nocturna recortando las sombras sobre el suelo de la casa. Había estado allí, en calidad de invitado, hacía solo un par de noches, y en cambio le parecía que habían transcurrido meses. Tras asegurarse de que Silvia la seguía, le indicó con gestos que pasase el cerrojo de la puerta de la casa. Ya era de por sí sospechoso que la puerta principal estuviera abierta: quería al menos tener la seguridad de que sus espaldas estarían resguardadas.

En un rápido movimiento, se acercó hasta la cocina y echó un rápido vistazo al interior. Al no observar nada fuera de lo común, hizo lo propio con la puerta de enfrente, la de la biblioteca. Tampoco nada. Quizás debería seguir investigando la planta baja, comprobar al menos la estancia en la que había estado él mismo alojado. Pero su instinto le decía que no era allí donde se encontraba Alfonso. Lanzó su mirada hacia arriba, hacia las escaleras. Le hizo un gesto rápido a Silvia, ladeando la cabeza, para que le siguiera. Comenzó a subir por las escaleras. Aquellas escaleras por las que había ascendido lo que a él le parecía un número excesivo, repetitivo de veces, siempre en tensión, siempre notando los crujidos en cada peldaño que se deformaba levemente bajo su peso.

escalera oscura

Silvia ascendía pegada a Lucas, a apenas unos centímetros de separación. Al llegar al descansillo, no pudo evitar estirarse por detrás de Lucas, para atisbar lo que se encontraba en el altillo. Efectivamente, allí estaba Alfonso. Estático, de inocente apariencia, con su ropa de dormir, y una vela en las manos. Ella se enfureció. Crispó aún más las manos sobre su llave inglesa, mientras una arteria en su frente se hinchaba y comenzaba a latir a un ritmo demencial. Apretó los dientes, empezó a respirar por la boca, dejando pasar el aire por entre los dientes, y produciendo un sonido sibilante. Lucas se volvió, pero ya era tarde: Silvia subía las escaleras blandiendo su arma y saltando de peldaño en peldaño, prácticamente soltando espuma por la boca, mientras un sonido gutural, de pura rabia, salía de su garganta.

Lucas intentó detenerla, pero apenas consiguió mantenerse unos pasos por detrás de ella en su loca carrera. Siseó en voz baja, tratando de llamar su atención.
- ¡Silvia!

Todo ocurrió muy deprisa, como en un relámpago. Lucas trataba de detener a Silvia, quien ya casi había llegado a la altura de Alfonso. Mientras tanto, Lucas observó entre confuso y frustrado como Alfonso dejaba caer su vela, y agarraba algo detrás de él.
- ¡NO!

Ella llegaba ya a una posición desde la que podía atacar a Alfonso, con su arma muy por encima de la cabeza, los brazos en tensión, y el rostro desencajado. Alfonso, sin mover un músculo de la cara, agarraba con su mano izquierda la parte inferior del extremo de lo que Lucas ahora reconocía como una escopeta de asalto. El fogonazo no se hizo esperar, el estruendo de la descarga le atravesó de parte a parte mientras Silvia pasaba por su lado despedida hacia atrás, con una extraña flor escarlata en el abdomen y un rostro desfigurado por la sorpresa y el dolor. Olvidando cualquier otra cosa, Lucas se volvió y gritó su nombre, mientras su cuerpo desmadejado aterrizaba en el descansillo de la escalera.

Ñic.
Intentó reanimarla, frotando sus muñecas, abofeteando ligeramente su rostro, pero ella no respondía.

Ñic.
Zum. Clac-Clac.

Sus ojos estaban estáticos, muy abiertos, su preciosa mirada clavada en el techo. Lucas trataba de reanimarla en vano, mientras su instinto le decía que había olvidado algo.

Ñic.
Se volvió justo a tiempo para ver el rostro de Alfonso, pero para cuando pudo reaccionar una mano de él le sujetaba la garganta mientras que con la otra le apuntaba al rostro con la escopeta. No podía creerlo. ¿Había despertado de su sonambulismo?¿O lo había preparado todo desde un principio?

En el exterior de la casa, el viento azotaba con fuerza las copas de los árboles, que se doblaban impotentes ante su fuerza. Un fogonazo de luz pudo verse a través de las ventanas, como un relámpago de una inexistente tormenta, abriéndose paso entre la noche. Y después, todo volvió a ser oscuro. Muy oscuro.

Orense, Agosto de 2013.

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