Chapter: ¡Despierta!

Aún a pesar de todas aquellas dudas, no pudo evitar echar un vistazo por detrás de él: una puerta abierta permitía ver el ansiado teléfono. Sabiendo que el interesado no se movería, le rodeó y alcanzó lo que debía ser el dormitorio del hombre. Al igual que el resto de la casa, todo seguía mostrando un aspecto de abandono, quizás no demasiado marcado en aquella estancia. La habitación era amplia: aparte de una cama, una mesilla y una armario, todos pasados de moda hace tiempo, junto a la ventana un pequeño estudio de pintura se completaba con una pequeña mesilla redonda en donde se situaba el teléfono. Varios lienzos sobre sus caballetes mostraban mujeres jóvenes... desnudas... y contra el rincón de la habitación, un mueble con ruedas sostenía una televisión de tubo, un video VHS en un estante inferior, y varias cintas, sin caja, encima del mismo.
- Vaya...

Aunque le tentaba la idea de usar el teléfono, y terminar de una vez, aquella no era forma de entrar en la casa de nadie.

Pasó la mano por delante de su cara una vez más. No podía creer lo que estaba pasando, la verdad, ni cómo conseguiría despertar a aquel hombre de su sueño... ni siquiera tenía muy claro si debía hacerlo.
- ¿No será peligroso?
Se fijó entonces en un detalle que hasta entonces había pasado por alto: al mover la mano por delante de su cara, la pequeña llama de una vela que sujetaba en sus manos tembló ligeramente por el agitamiento del aire.
- Pero... ¿por qué?

La luz en la casa no era precisamente deslumbrante, pero desde luego allí había luz eléctrica. La presencia de aquella vela en las manos de su anfitrión sólo podía estar relacionada con el sueño que creyera estar viviendo aquel hombre.
¿Y qué pasaría si...?

Casi sonrió al pensarlo, y su sonrisa se ensanchó cuando lo llevó a cabo. Pero apagar la vela no tuvo el efecto inmediato que había deseado: lejos de despertarse, aquel buen hombre comenzó a caminar, despacio, hacia las escaleras... para empezar a descenderlas, lentamente, escalón a escalón. Despacio pero seguro, su anfitrión se dirigía paso a paso hacia el piso inferior. Lucas suspiró, echando una última mirada a aquella habitación con el teléfono en su interior.
- Pues anda que...

El hombre había llegado ya al piso inferior, y el viajante se apresuró a seguirle escalera abajo. Al llegar a la planta baja se introdujo en la cocina, donde su anfitrión entraba ya, y pudo ver como el hombre sacaba un mechero de un cajón, y lo ponía encima de la mesa. Entonces, dejó la vela encima de la mesa con ambas manos, para coger después el mechero. Lucas pensó rápido y actuó aún más rápido: tomó la vela entre sus manos, para consternación del hombre, quien comenzó a realizar movimientos confusos y terminó por apoyarse en la encimera, temiendo perder el equilibrio, para finalmente encararse con él y enfocar su vista, parpadeando varias veces.

Cocina

Había despertado.
Y no parecía precisamente contento.

Lucas dejó la vela encima de la mesa, sonriendo conciliadoramente. Como no sabía muy bien qué decir, pensó en elaborar una estrategia que calmase sus ánimos y le permitiese resolver su problema, aunque no tuvo tiempo para tanto. En absoluto.

-¿Quién es usted?

- Mi nombre es Lucas, Lucas Álvarez.

- ¡Oiga, me importa un bledo cómo se llame! ¿Qué hace en mi casa?

Lucas trató de aplacar aquel acceso de ira, levantando los brazos con las palmas de las manos hacia abajo.
- Se me ha estropeado el coche aquí cerca, llamé, pero no contestó nadie, y claro, la puerta estaba abierta, y...

Su accidental anfitrión tenía un soberano cabreo, y lo cierto es que no podía culparle. La situación era kafkiana, y no encontraba las palabras para lograr calmarle.
- ¡Y, claro, no se le ocurrió otra cosa que darse un paseo por mi casa! ¿Qué ha visto, eh? ¿Qué ha visto? ¿Ha estado en el piso de arriba?

Apreciaba que aquella explosión iba a ser larga y poco fructífera, y procuró evitarla a toda costa.
- Mire, sólo necesito llamar por teléfono, llamar a una grúa y me iré, y...

- ¡Me importa un bledo lo que necesite! ¡¿Le he preguntado que dónde ha estado?! ¡¿Qué ha visto?!
Lucas estaba consternado. No entendía muy bien aquella insistencia sobre acerca de dónde había estado. Lo cierto es que la situación comenzaba a sobrepasarle. Aquel hombre, su anfitrión involuntario, no parecía querer calmarse, y por un momento consideró la posibilidad de excusarse como pudiera y salir de allí. Sin embargo, necesitaba hacer esa llamada. La perspectiva de pasarse la noche durmiendo en el coche, para, al día siguiente, estar más o menos igual que ahora, no parecía muy halagüeña. Así que decidió contar la verdad. Más o menos...

- Subí la escalera y le ví allí. Después, usted bajó, entró en la cocina, le cogí su vela y...
Lucas hizo un movimiento amplio con las manos.
- ... y se despertó.
Decidió aprovechar entonces para insistir en su modesta (o al menos así le parecía a él) petición.

- Por favor, sólo necesito hablar por teléfono. Necesito una grúa.
Su anfitrión pareció calmarse por fin, un tanto al menos. Su rostro se relajó. Pareció ir a decir algo, pero en cambio volvió a cerrar la boca y expulsó el aire, aparentemente aliviado. Los segundos transcurrieron lentamente, con ambos mirándose el uno al otro. Finalmente, el dueño de la casa pareció conformarse y empezar a intentar complacer a su inesperado invitado.

- No tengo teléfono.
Lucas iba articular un "pero"... dándose cuenta enseguida de que según lo que había relatado no había estado en el piso superior, así que decidió que volver a cerrar la boca (a tiempo) sería una buena idea.

Otra idea le vino a la mente, en cambio. Quizás no tenía el teléfono operativo porque usaba móvil. Él suyo seguía sin cobertura, no le extrañaría que incluso sin batería (cómo no, era una mierda de móvil), y aunque le parecía extraño que aquel personaje tuviera un teléfono móvil (por alguna razón, no le parecía que "casaran"), no se perdía nada.
- Mire, y... ¿no tendrá un teléfono móvil?

Su anfitrión le miró extrañado, y con expresión casi nauseabunda, alargando el monosílabo, y encogiéndose de hombros, contestó rápidamente.
- ¡No!

En ese momento, el dueño de la casa debió pensar que estaba siendo un tanto desagradable con su invitado. Su expresión se dulcificó de improviso, mostrando incluso una tímida sonrisa.
- Disculpe mis modales. Mi nombre es Alfonso García.

Mucho más relajado, Lucas también sonrió. Y entonces sucedió algo del todo imprevisto: Alfonso le tomó una mano entre las suyas y le sonrió abiertamente. Aquello le tomó por sorpresa, y no pudo por menos que pensar:
-Pues anda que cambia rápido de humor este hombre.

Animado por la buena disposición de su, ahora sí, anfitrión en aquella casa, se arriesgó y tanteó de nuevo el tema del teléfono.
- ¿Y cómo es que no tiene teléfono? Juraría que he visto los postes de la línea llegar hasta la casa...
Por supuesto, era mentira, no estaba seguro de si había postes o no (tenía que haberlos), pero había que intentarlo.

- Oh, sí, claro que hay línea, pero no la usaba y lo corté. Yo suelo bajar al pueblo a por comida y todo lo que necesito, de semana en semana.
Por primera vez, Lucas tuvo la completa certeza de que Alfonso estaba siendo completamente sincero.
- Soy pintor. Alfonso miró hacia arriba mientras movía las manos. - Ya sabe, un bohemio. Vivo aquí apartado, buscando a mis musas.

Lucas por fin vió su oportunidad.
- Pero, entonces, podría bajarme al pueblo.
Estaba entusiasmado, por poder salir de aquel (extraño) atolladero. Se contuvo lo suficiente para añadir:
- Si no le importa, claro.

Alfonso chasqueó la lengua.
- No es muy buena idea. Podría quedarme dormido en cualquier momento, y... bueno, en el peor de los casos, acabaríamos despeñados por el barranco. Podría dejarle el coche, pero comprenda que no me fíe de que me lo devuelva, al fin y al cabo, le acabo de conocer.

- Claro, claro. Pero dormido, ¿cómo?, ¿como ahora, sonámbulo?
Lucas arrugaba el entrecejo, tratando de comprender.

- Pues sí, o peor. Sufro de narcolepsia, y me ataca especialmente después de comer, entre la comida y la cena. Por la mañana apenas tengo episodios. Para hacerlo más divertido, como ha podido comprobar, combino la narcolepsia con el sonambulismo. Vamos, que no soy muy de fiar hoy en día para hacer... prácticamente nada... después de comer.

Lucas le contemplaba con estupor.
- ¿Narcolepsia y sonambulismo? Vaya...
Cada vez atribuía con más fuerza su extraño interés sobre saber dónde había estado a ese extraño despertar de la exótica combinación de sonambulismo y narcolepsia.

- ¿Y tiene cura?

Alfonso borró la sonrisa de su cara. 
- ¿Cura? Tiene tratamiento, para toda la vida: consiste en intentar no hacerse daño padeciendo episodios de este tipo.
Su anfitrión pegó un respingo, que fue secundado alegremente por Lucas. Justo después, durante un breve momento se hizo un silencio incómodo entre ambos.

El dueño de la casa se desperezó delante de Lucas, y le ofreció un plan para salir de su situación.
- Si le parece, puede dormir en una habitación de la casa, y mañana por la mañana, temprano, bajamos al pueblo para que pueda pedir su grúa y arreglar su coche.

Lucas asintió, aliviado.
- Pues se lo agredecería mucho, muchas gracias.

Alfonso le guió por la casa, entregándole un juego de sábanas que sacó de un armario, y llevándole a la que sería su habitación por aquella noche.

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